Los Cristianos

FOTOS IPHONE 291

 

La familia Rubiera nos prestaba un discreto apartamento de un edificio marrón, al lado del hotel Andreas, para pasar los meses de julio y agosto. Mis hermanas y yo soñábamos con que llegase el verano. Íbamos todos los días a la playa y al caer la noche dormíamos rendidos con la piel negra del sol y el salitre. Bañarse en el mar no estaba al alcance de nosotros todo el año. Solo en verano y Semana Santa. Esta absurda costumbre se mantenía a pesar de que el buen tiempo permitía, como así lo hacían los extranjeros, darse un chapuzón en pleno diciembre, con el Teide blanco.
En el balcón de aquel apartamento mi padre comenzaba a anotar en una libreta las primeras palabras convertidas luego en un libro. Hoy sigue apuntando cualquier curiosidad y lo hace para otro de frases que espero, termine de una vez. Mi padre estaba en el apartamento por nosotros, porque nunca le gustó la playa. Prefería estar en Guía regando las plantas. Algunos días venía mi tía María y nos acompañaba hasta el agua. No recuerdo si sabía nadar, pero tengo su imagen con el agua casi hasta el cuello. María en cierta medida nos protegía, como si desprendiese buena suerte. También nos daba Clipper de fresa en las tardes de merienda y ayudaba a mi madre a planchar.
Algunas noches, mis hermanas y los amigos que nunca volví a ver,  acudíamos a observar los barcos atracados en el muelle, sujetados por los cabos que se movían en la marea oscura. Había pescadores pacientes, cerca del faro rojo que marcaba el fin de tierra firme. Casi el último verano que disponíamos del apartamento al salir del agua resbalé en una roca, mientras buscaba cangrejos. Estuve algunas semanas con puntos en la rodilla. Me cosieron en La Casa del Mar. Alguien me llevó en brazos recorriendo toda la orilla mientras yo lloraba asustado con la pierna abierta. En la rodilla me ha quedado una cicatriz con once puntos para toda la vida.

Hoy volví a pisar esa playa de un lado a otro. El agua estaba cristalina y muchas familias disfrutaban del sol en un día caluroso. En la bahía siguen los resquicios del pasado, con una casa vieja abandonada que rompe el equilibro de la playa y con toda la estructura de hogares desordenados que suben hasta comerse la montaña. Llegué hasta las rocas donde resbalé cuando era un flaco imberbe. A pocos metros hay una escuela de vela que antes no existía. Allí algunos niños preparaban las velas para salir a la mar aprovechando la brisa eterna de Los Cristianos que nace en Punta Rasca.

 

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s