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Saludo

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Antes de llegar a su casa desvió el coche por el camino de tierra que daba al borde del acantilado. A la izquierda toda la bahía parecía quieta y las luces de la ciudad desde el mar hasta la montaña sostenían la vida de miles de personas. Hacía tiempo que las filas de adosados habían ocupado parte del bosque con una energía devastadora que algunos creían necesaria para meter, donde antes vivían pájaros, a tantas almas deseosas del silencio. Allí tenía su hogar y llegaba todos los días casi cuando el sol se marchaba, cuando ya no había nada que hacer salvo encajar el coche en el garaje, dejar las llaves en la mesa de la entrada y recibir a los suyos.

El verano estaba a punto de suceder y los barcos llenos de extranjeros comenzaban a llegar del norte. Ese día, al borde del acantilado, vio como un crucero fondeaba para pasar la noche en el lado tranquilo de la costa. Bajó del coche y levantó la mano con entusiasmo para dar la bienvenida a los recién llegados, como si éstos, que eran puntos diminutos a bordo de una mole blanca portadora de felicidad, estuviesen pendientes de lo que ocurría en tierra firme, donde las casas crecían hacia el bosque casi al ritmo de los niños que las habitaban. Desde lo alto saludó de nuevo esperando alguna señal y sin ser consciente del gesto inútil, volvió al coche con la esperanza de que algún turista hubiese recibido con entusiasmo su intención.

 

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