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El beso

El general Riabóvich se olvidó de que tenía una vida gris cuando una joven desconocida besó su mejilla en una habitación  oscura con olor a flores en la que se había adentrado, tras sentir que estorbaba en una partida de billar donde no participaba, en la casa del teniente general Von Rabbek, donde había sido invitado junto a sus compañeros militares para tomar té. Ese beso ligero y azaroso acompañó a Riabóvich durante toda su vida. Ocurrió en la aldea de Mestechki.

Cuando un jarro de agua fría lo levantaba cada cada mañana en el campamento, Riabóvich recordaba que había en su vida algo bueno y afectuoso, algo que lo hacía común al resto de hombres; un acceso a la felicidad y a la imaginación que nunca antes había experimentado, fuera de la lógica y cerca de las quimeras.

Pasó el tiempo y el general regresó de nuevo a la aldea, soñando con volver a ver a esa muchacha, cuya presencia solo había notado unos segundos, en la oscuridad del cuarto por el que se aventuró en medio de la casa de los Rabbek. Pero el jardín de la casa estaba oscuro y silencioso, como si nadie ahora estuviese allí. Nada pudo hacer, todas sus expectativas se rerrumbaron de golpe. En ese momento, la historia del beso, que tanto tiempo lo había mantenido con esperanzas, se desvaneció y la vida le pareció una broma incomprensible. Sus compañeros, ajenos a todo lo que le ocurría, habían ido a la casa de otro general, probablemente a jugar al billar, o a cenar, a disfrutar,  conocer otras muhachas. Riabóvich, desesperanzado, atado al recuerdo de aquel beso, decidió acostarse, apagando su propia llama, y cerró los ojos atado a un beso que permanecía en su piel como una gota de menta.

El día que entró en la casa de los Rabbek, un fugaz gesto femenino que exhaló un breve grito tras apartarse de Riabóvich, como si se confundiera de persona, bastó para que el general sintiera por primera vez la felicidad. Y muy cerca la desdicha.

Algo así cuenta Anton Chéjov en El beso, uno de los muchos cuentos del escritor ruso que
recomiendo en el Día del Libro. A veces lo mejor que podemos hacer es leer.

 

 

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En los charcos de Alcalá los colores juegan con la marea baja. En la medianía sigue la bruma pero aquí el cielo tiene pocos huéspedes, salvo la estela de un avión que se marcha de la Isla y alguna gaviota cercana.

 

la foto 1

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