Mektub

 

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Hay cosas que no cambian. Las procesiones siguen sobreviviendo a los siglos en su estructura inamovible, al margen de modas y condicionantes, con su ritmo pausado y en ocasiones cruel. Parece que un pueblo no es serio si no tiene un santo al que sacar a la calle. En Erjos, Tamaimo, Guía, Adeje, Playa de San Juan, Chío, Alcalá, Tijoco, Chiguergue, El Tanque, los músicos, todavía imberbes, que entrábamos en aquella “promoción” de la Semana Santa, aguantábamos estoicos aquella liturgia. Unas veces era el calor sofocante que quemaba el azul marino de los pantalones; otras el frío polar que dejaba a los instrumentos y las embocaduras heladas. Otra simplemente eran paseos de trámite detrás del santo. Los que andábamos en la comitiva estábamos expuestos a interminables lluvias de voladores que alguien encendía con la colilla del cigarrillo. Luego los palos caían donde les daba la gana.

Recuerdo que descubrí la diabetes de tío Juanito cuando se desplomó tocando Al Socorro en la plaza de Tamaimo. En esos días soleados y abrasadores donde nosotros llevábamos más de una hora a paso de tortuga, Juanito cayó de espaldas en la mitad de la partitura y a partir de ahí comenzó a hacerse más viejo, hasta quedarse sin dientes (por eso su clarinete sonaba en estacato) y luego sin pierna.

Los brindis a los músicos eran siempre reconfortantes: el sabor al refresco de naranja o los sandwiches de mortadela y mantequilla que nos servían en algunos de esos pueblos, cuando la procesión se convertía para las bandas de música en el rodaje del coche. Cuantas más procesiones hacías más listo estabas para enfrentare a cualquier cosa.

Siempre tuve especial predilección por las marcha de procesión. Hay algunas memorables como “Recuerdo a los muertos”, “Mektub” o “Jesús preso”. Obras que no son baladí,  con una cadencia especial que todavía suenan por la calles de muchos pueblos y ciudades en la Semana Santa o incluso entierros. Las marchas también mantienen su estructura. Pocas melodías sostienen tanta belleza como cuando la música llega al trío donde se mezclan las maderas de los clarinetes y los saxos. Todo acaba en la respuesta del bombardino.

Ya falta poco para  que las familias de la capital regresen al apartamento de la playa y los domingos se coma bacalao. El viernes muere el Señor y a la caja se le quita los bordones. Por la noche la procesión del silencio llena de velas el camino. El sábado nada ocurre y el domingo es Resurrección. Los voladores vuelven al cielo y el pescado se sirve a las tres de la tarde. Eso se repite todos los años y se seguirá haciendo siempre que existan las procesiones.

Hoy ha amanecido nublado pero detrás de este tiempo se esconde el calor. Pese a todo, una fina capa de lluvia moja las calles y el viento desdibuja el cielo gris. Ya comienza a oler a Semana  Santa. En algunos días desde del balcón oiré pasar a la comitiva y con suerte escucharé la música.

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