Ventana

Guía de Isora-20140302-01601

Si me limito a contar lo que pasó solo diré que por la noche decidí ir caminando al duelo. En ese trayecto, que pueden ser cinco minutos, tampoco pasó nada especial, sólo que llegué al cuarto mortuorio y saludé a todas las personas conocidas que estaban en ese momento y pregunté por otras que no estaban. De vuelta a casa noté como la humedad formaba pequeñas gotas que cubrían la simple estructura metálica de la churrería, la única que hay por aquí, justo al lado del cementerio, donde hay millones de huesos y quizás de almas. En la calle no me crucé con nadie, ni rastro de vida humana. Parecía que todo el pueblo se había ido a otra parte y solo quedaban las casas cerradas y las calles frías. Pero por alguna ventana escuché un televisor y me paré. Y tuve la tentación de asomarme a ver si el vecino estaba vivo o muerto. Pero que más da, pensé. Esas cosas tarde o temprano acaban por saberse. Metí las manos en los bolsillos y seguí caminando. Eso fue todo.

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