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La plaza

Guía de Isora-20140126-01565

Ya no hay niños jugando en las plazas. Ahora lo hacen en los parques que construyen los ayuntamientos. Parques infantiles a los que van los adultos a columpiar a sus hijos que han aprendido  a sonreír ante la cámara del teléfono móvil. En la plaza acabábamos sucios de arrastrarnos por el suelo. Jugábamos a fútbol con una pelota de tenis, jugábamos al baloncesto con una pelota de tenis. Las porterías eran los bancos de la plaza, la puerta de la iglesia; las canastas eran el bordillo de la sacristía. Inventamos algo parecido a la pelota vasca con la misma pelota de tenis. Jugábamos a las cartas, comíamos pipas incansablemente, fumábamos, hablábamos. Todo el pueblo iba a la plaza, no había otro sitio para entretenerse, juntarse para pasar el día, incluso existía la posibilidad de  enamorarse. Ahora la plaza es un páramo. Algunos jóvenes se besan en la parte de atrás por las tardes, ajenos a esos partidos de fútbol. Por las mañanas algún turista fotografía la torre de la iglesia en estos días soleados.

La iglesia sigue viva. Fiel a las misas, comuniones, bautizos y entierros.  La  iglesia es un sitio muy bonito que conserva el olor a incienso.  De niño recuerdo que  me llevaban a ver como metían al cristo en la caja de madera el Viernes Santo, mientras se apagaban las luces. Algunas veces sentía algo parecido al miedo hasta que deje de ir. En la primera comunión canté en la iglesia una canción a la Virgen. Llevaba unos pantalones rosados y una rebeca  azul marino.  Los pantalones los perdí en una caída, en la fiesta de mi casa donde mis amigos se divirtieron  y los amigos de mis padres se divirtieron y también se emborracharon. Porque yo siempre me caía, siempre tropezaba. Me caía en mis cumpleaños, me caía en el colegio, me chocaba contra los otros niños y contra las paredes. Era un chico bastante torpe y a veces sin razón aparente tenía una mirada preocupada. A mi padre nunca le gustó que yo hiciera la primera comunión. En ese momento  no lo entendí. Yo solo quería que me dieran regalos y dinero. Ahora comprendo sus razones, todas sus diferencias con los curas, su escepticismo, esa desconfianza con Dios.

De vez en cuando cruzo en bicicleta la plaza. Saludo a los mayores que se sientan frente al ayuntamiento. En el plaza de atrás casi nunca hay nadie y han plantado unas palmeras. La parte de arriba suele estar vacía. Abajo hay instalado un parque infantil que parece ser definitivo.  Allí los padres vigilan a sus hijos. Han podado algunos árboles, pero afortunadamente  aún  siguen cantando los pájaros. Ahora la plaza es un lugar más limpio. Aquellos tiempos nunca fueron mejores, pero tampoco necesariamente peores.

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