Alcalá

Guía de Isora-20140112-01546

Estas primeras mañanas del año son especialmente luminosas. La tierra sigue verde y el cielo azul cubre toda la isla desde la costa hasta la montaña, donde una escasa capa de nieve se pierde en los volcanes. Estas mañanas recogen el frío de la noche. Un frío seco que se queda en la sombra de cualquier rincón hasta que acaba el día. Fuera de la sombra, el sol calienta lo justo, pero no quema, porque es un sol de invierno. El agua del mar está helada y reconforta darse un baño matutino.

El paseo de Alcalá dibuja ahora un conjunto de pequeñas calas y playas reinventadas que se presentan a través de un llano y placentero acceso. Las familias llevan  a sus hijos a que chapoteen en el charco de Las Damas, que ahora es menos profundo, está menos oculto,  pero es más accesible. Allí sigue llegando el mar abierto, como en toda la zona. Los bañistas se dejan llevar por ese movimiento incesante que sacude la orilla y no hay nada que lo impida. Justo al final hay otro charco donde se intensifica el azul claro y se mezcla con otros colores y azules del fondo rocoso. Allí estaban hoy a Raúl y Yaiza, leyendo el periódico, unidos por una toalla. Hablamos de lo que ha cambiado la zona y de la oportunidad que supone disfrutar de la costa, de estos rincones que tantos años permanecieron ajenos a nosotros, que un día descubrimos y olvidamos. Hablamos de las olas  que rompen a pocos metros, de la fuerza de Punta Blanca, sostenida por la vitalidad de los surfistas y de otras cosas que no recuerdo. También estaba Víctor. Crecimos en el colegio y llegamos al instituto juntos.  Era muy bueno jugando al fútbol y yo era muy malo. Era un niño muy rubio, como si viniese de Suecia. Luego a Víctor le perdí la pista. Tuvo hijos y se casó con una mujer que supuse, era la que hoy le acompañaba.

Alcalá es un solárium eterno. En el muelle pesquero y alrededor de la muralla cogen sol muchas personas, unas extranjeras y otras de aquí. Se oyen pocas conversaciones. La gente cierra los ojos y espera. Cuando su piel arde bajan por las escaleras que dan al mar. Al fondo, las rocas sobresalen como islotes. Desde allí, en agosto, salen los fuegos artificiales. Antes de caer al mar dibujan palmeras  y otras figuras circulares en el cielo rojizo, en una noche calurosa ante mil ojos que abarrotan los balcones de las casas y la muralla. Cuando acaba el último cañonazo,  la gente aplaude y la Virgen sigue su camino  en procesión hasta la iglesia.

En estos primeros días del año he pensado algunas veces que alguien me espera en otro lugar. Y en ese sueño engañoso olvido lo que tengo frente a mis ojos.

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