Miopía

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La muerte ha estado por aquí solo de paso y con una media sonrisa ha saludado como si ya me conociera. Llevo días pensado en aquella noche donde apareció  por primera vez, a su estilo, de manera siempre inesperada. Fue una noche clara de verano, cuando ver las estrellas era como hacer un viaje lejano al alcance de nuestra mano. Éramos demasiado jóvenes para pensar que la muerte pasaría a saludarnos; demasiado incluso para pensar que algo extraordinario, que no fuera divertirse, podría pasarnos. En el coche sonaba Nirvana. Qué otra cosa podíamos escuchar aquellos chicos que se dejaban llevar por una vida ociosa y soñaban con lo mejor, evitando ser personas desgraciadas, marcadas por algún tipo de destino que nos impidiese caminar. La música del coche era alguna canción de la última etapa antes de que Cobain se diera un tiro. Todavía suena en mi cabeza aquella guitarra triste que hacía que todos nos pusiéramos contentos, moviendo el cuello de arriba abajo, con una afirmación del bienestar libre de preocupaciones.  Ese disco, que se traducía como “desenchufado”, no lo he vuelto a poner. Sus canciones quedaron entre el paisaje de Las Cañadas.

Ya el instituto no veía de lejos y comencé a usar gafas. Aquella noche quedaron debajo del coche y los días posteriores Miguel me preguntó por qué no me las ponía. Y se reía de la situación del miope que ocultaba algo y yo me reía con Miguel, porque con pocas personas me he reído tanto en la vida. Los días posteriores fui al lugar donde el coche cayó, un pequeño desnivel con algunas piedras. Sin un solo pino. Caímos a la derecha de la carretera, dando vueltas con un golpe de volante, escapando del otro lado, un abismo donde probablemente habríamos muerto todos, los cinco que hicimos ese viaje al alcance de nuestra mano.

Fueron unos segundos de ruido, entraba tierra por todas partes hasta que el coche se detuvo y quedamos varados en aquel páramo. Era el camino de vuelta y ya hacía el frío que solo existe en el monte. Un frío seco, lejano, silencioso e incluso cruel. Salimos del coche por nuestros propios medios y alguno lloraba de miedo, no de dolor. Alguien nos llevó al pueblo más cercano, donde pudimos lavarnos pequeñas heridas y beber algo de agua. Y nos fuimos a nuestras casas y pasé la noche con los ojos abiertos. En algún momento vomité y en algún momento logré dormir. Nunca dije nada a mis padres.

Al día siguiente tenía que tocar con la banda en una procesión. Y todo ese desfile parecía más lento. Y otra vez nadie hablaba y el calor volvía a golpear nuestras cabezas como aquellos veranos más fuertes. En cientos de procesiones similares había caminado con un tambor  casi más grande que yo para acompañar al cientos de santos. Pero ese día fue quizás diferente. Por la noche había estado en ese mismo pueblo lavándome las heridas, en medio de una fiesta ajena a cualquier accidente en las alturas. Ahora casi todos los jóvenes dormían y apenas unos músicos enamorados del sonido recorrían las calles vacías, en una formación casi perfecta, como un acto de fe hasta meter aquellos santos en la iglesia. Luego sonaría el himno y correríamos a por un refresco gratis.

Después de todo aquello, había pasado  una semana y entre  los restos de cristales que dejó el coche encontré las gafas intactas, colocadas  en un pequeño hueco entre el volcán, como si el azar hubiese hecho que quedaran protegidas de cualquier amenaza. Y volví ver de lejos, a tener una perspectiva más clara  de lo que nos rodea. Y volví a clase y supe que Miguel sabía lo que había pasado. Luego pasa el tiempo y dejas de volver a ver. Y así sucesivamente. Cosas de la miopía: crece y se para cuando le da la gana.

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