Los pies en el suelo

blog rio

La casa ha estado cerrada quince días  y todo está justo como lo dejé.  La primera semana subieron las temperaturas y las habitaciones mantienen ese calor del hogar que en pocos segundos se pierde al abrir las ventanas. La segunda semana ha sido más fresca, pues una nube grisácea cubre todo el pueblo, propiciando unas tardes agradables que dan paso a noches despejadas y siempre silenciosas. Salgo al balcón y tampoco nada ha cambiado: el gato en el portal, el vecino sale a fumar a la ventana, un joven solitario sube la calle paseando a su perro. El cielo dibuja un cuadro de estrellas que siguen también en el mismo lugar. Las luces de un avión descienden hacia el aeropuerto. Pienso en los pasajeros que regresan a sus casas desde algún lugar del planeta, si habrán encontrado todo como estaba. Pienso en los turistas que visitan la isla por primera vez, si esta tierra es como ellos esperaban. Todos se mueven por algo que les empuja a volar.

La luna también  iluminaba las noches cálidas y húmedas del verano en Alemania, donde da la sensación de que casi nada puede fallar, de que todo funciona  por una fórmula que han inventado sus habitantes: haz lo que tengas que hacer. El sonido del río entraba por las ventanas de la casa como  un susurro. Sonaba con paciencia, hasta que amanecía, y entonces se dejaba de oír cuando el pueblo despertaba, salvo si te acercabas a contemplarlo. No era un río grande, sino un tímido caudal que recorría el pueblo. Podías bordearlo en bicicleta, por los caminos verdes, viendo como el agua alisaba las piedras y se perdía con pequeños desniveles en línea recta hasta otro pueblo.  Suficiente para despertar curiosidad.

De regreso vuelvo a notar como mi experiencia está sostenida sobre una fragilidad difícil de definir, por muy felices que sean los días, por muy fácil que parezca todo lo que has conseguido. Elegir de quien te rodeas, poder comprar los zapatos que quieres, viajar en el milagro del avión, escuchar la música que te apetece, dormir con la persona adecuada. Parece que la libertad consiste en tener opciones  y constantemente estamos ante un gran escaparte. A la libertad le sigue de cerca la culpa y a ésta es mejor tenerla bien lejos.

La sensación de que nada se sostiene sobre una base solida a veces me aterra y otras supone justamente el argumento para salir adelante. Supongo que no hay que pensar demasiado en eso, sino vivir. Eso me decía una amiga hace algún tiempo mientras estábamos en su piso de estudiante cuando ya no era estudiante. Decía con aparente simplicidad que cada vez que tomes una decisión pienses en vivir. Ella no había tenido suerte con los chicos y se enamoraba del que más le hacía daño. Parecía no aprender de sus propias experiencias. Pienso que lloraba a solas,  con llantos secos y rápidos. Luego salía a la calle con el convencimiento de lo único que nos queda es seguir viviendo.

Las nubes también han salido esta mañana. Normalmente los días son luminosos y azules, pero hoy han cambiado, como si fuera a pasar algo. Los pájaros  han vuelto a cantar y parece que incluso hay más. Los coches suben por la calle. Unos irán a la tienda a por algo de comida, otros a sus casas. Menos gente saldrá del pueblo hacia  el monte. Sigo acostado y pienso en el río, como si el agua estuviese pasando justo debajo de la cama. Sentiré el agua cuando ponga los pies en el suelo.

Escucho una versión de Zombie de Cranberries, por Collin Vallon Trio. 

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