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Casa

azulejo

Parece que hay más pájaros alrededor de esta casa. Por las mañanas se escuchan en todos los lugares como si estuviesen atraídos por el olor de los árboles en primavera. Dudo que sepan que hoy es domingo, y que los domingos son días donde la vida que hacemos durante el resto de la semana se queda quieta. Pero los pájaros están al margen de nuestros convencionalismos. En esta casa también hay moscas que antes no estaban. Vienen con la fruta, dicen algunos. Basta que dejes una cáscara de manzana en la mesilla del salón para que revoloteen en círculo. Ahora mismo calculo que habrá tres o cuatro, mantenidas  en silencio  en el aire. Supongo que se irán algún día, cuando ya no haya fruta. Todos pensamos irnos algún día a un lugar lejano, abandonar  lo que tenemos y cambiar de vida. Pasear en bicicleta por las calles de alguna ciudad soleada, comprar el periódico y leerlo recostado en el rincón de algún parque.  Pensar en ello nos mantiene vivos, con esperanza supongo. Aunque  conviene no olvidar lo que tenemos enfrente de nosotros cada día. La calle, las personas, los animales y las cosas.

A veces pienso todas las vidas que se han vivido en la habitación donde escribo estas líneas. Antes era el dormitorio de mis tíos y, al lado,  estaban mis abuelos, los dueños de la casa.  Ahora es el salón de un apartamento con el balcón circular cubierto de pequeños cuadrados de azulejo verde. Con qué facilidad la historia de esta casa ha quedado difuminada en el reparto de la propiedad  entre hermanos.  A mi madre le ha tocado el primer piso a la derecha y gran parte de la azotea donde tiendo la ropa y veo  a lo lejos el  paisaje que conduce al monte. También heredó los muebles de un comedor que se empeñó en restaurar y en ponerlo en el salón de su casa pese a la opinión contraria de mi padre. Pero mi madre siempre ha hecho lo que le ha dado la gana con una obsesión crónica por mantener pase lo que pase “ordenado” el hogar. Esa es su lucha, la pobre.

Antes de que mi madre alquilase el piso a los primeros inquilinos había colocado una cama de matrimonio en este salón. Aquí fue la primera vez que estuve con una chica. La novia del instituto, a la que le gustaban The Doors. Vivía en la zona costera donde había más relación con la cultura anglosajona, los turistas y sus familias que traían los discos de fuera. Acostarme con ella la primera vez fue una experiencia algo desastrosa pero estaba contento de haberlo hecho. Los dos teníamos dieciocho años. Ella no ha cambiado demasiado  pero yo en ese entonces era un pequeño y delgado imberbe.

En esta casa ya queda poco del pasado. La división territorial ha roto su estructura interna. Ahora las corrientes dominan el espacio. Si dejas una ventana abierta, el aire cierra fuertemente la puerta del salón. Mi abuelo, al que no conocí, era una persona a la que le gustaba contar cuentos y anécdotas. Conocía a todo el mundo y viceversa. Mi abuela era una mujer muy buena. Recuerdo que mis hermanas y yo le pedíamos que se quitase la dentadura postiza como acto casi cruel de mostrarnos con muecas algún rostro del terror, y que nos contara si había visto al hombre del saco. Todas las tardes iba a casa de mis padres a planchar la ropa.

El espejo del cuarto de mis abuelos deformaba las caras. Recuerdo que saltábamos sobre la cama y veíamos como adquirían formas inverosímiles que nos hacían reír: los ojos enormes y la boca diminuta; las orejas de elefante y los dientes fuera de la mandíbula. También recuerdo el sabor de la leche en el desayuno y el cocodrilo disecado que había en el comedor y que ahora está en el ático de mis padres.  Sus ojos son canicas y conserva todos los dientes. Ese cocodrilo corría por los pasillos de esta casa persiguiéndonos. Confieso que disfrutaba viendo  la cara de pánico de mis hermanas y primos ante una bestia que nunca cerraba la boca. Sí, mis primos, que venían de la capital y traían los primeros ordenadores. Nosotros alucinábamos.

Lo cierto es que las moscas siguen por aquí, esperando quizás a comer algo de fruta más tarde. Han llegado en primavera, como todos esos pájaros  salvajes que cantan fuera de las jaulas de los demás, posados en los árboles universales. La gripe lleva fastidiándome algunos días las articulaciones y el cuerpo en general. Yo creo que nuestros dolores físicos son en ocasiones productos de nuestros dolores mentales, que somatizamos ciertas preocupaciones, pero eso no está demostrado. A ver si mañana estoy mejor. Y si no, imagino que lo estoy.

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