Naranjas

naranjas

Habías pensado en levantarte temprano, comprar algunas cosas, limpiar el coche, ordenar lo que no has podido poner en orden durante toda la semana, pero nada de eso ha sucedido. Despiertas al mediodía en el piso más alto de un edificio alto. Es una habitación pequeña donde los rayos del sol atraviesan las cortinas y se cuelan por las sábanas. También despiertas por la sed, unas enormes ganas de beber agua, y por las voces cercanas que parecen llegar del salón. Pero en el salón no hay nadie. Solo dos sillones, un portátil, algunos libros en una repisa y fotografías con caras que no conoces. No hay televisor ni discos.

El sol ha llenado el piso por completo. Un lugar casi transparente, abierto, capaz de absorber todos los pequeños ruidos del edificio, desde el sonido de una gaveta hasta el discreto volumen de una radio. Entran y salen sin avisar. La terraza es enorme. Desde allí puedes ver el puerto, como llegan y salen los barcos. El paseo marítimo. Desde allí puedes ver la calle, los puestos del mercado, los techos de los coches y las cabezas de los hombres y mujeres. Unos caminan y otros van algo más deprisa, sin llegar a correr. Desde allí puedes ver el tejado de la iglesia, el campanario, la cruz en lo más alto, los pájaros revoloteando entre los árboles de la plaza donde seguramente tendrán sus nidos. En la plaza unos niños corretean con sus patines, dos ancianos hablan sentados en el banco y dos jóvenes no hablan sentados en otro banco, solo consultan sus teléfonos. En la esquina un quiosco reparte los periódicos y la lotería.

Pides permiso para coger una toalla y decides darte una ducha. Te entran ganas de naranjas, de comer naranjas, de jugo de naranja natural. Los dos bajan a desayunar pero en la pastelería no hay naranjas. Así que aceptas  tomar un jugo de melocotón de bote y una palmera de chocolate. Los dos hablan sobre las múltiples virtudes del ibuprofeno y se despiden.

Al lado de la cafetería hay una frutería y decides entrar a por tus naranjas. Unas enormes papayas desvían tu atención y también la manera en que una joven te pide disculpas al tropezar contigo mientras recolecta un puñado de almendras. No son sitios para conocer a nadie, se supone que allí debes ir a comprar  tu fruta e irte a casa. Y eso haces. Llegas a casa y exprimes dos naranjas. Te metes en la cama, en tu habitación. Las cortinas tapan todo posible rayo de luz. Piensas cuando llegará otro día donde ordenes lo que no has podido poner en orden durante toda la semana. Y duermes con eso.

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3 comentarios en “Naranjas

  1. Conocí tu blog hace muy poco por casualidad difundido en las redes sociales y aunque hace años que no hablamos y que no nos vemos sigues escribiendo cosas muy bonitas y que llegan a emocionar. Enhorabuena por seguir fusionando las palabras con la música.
    Gran tema “Leo”… Gracias por el descubrimiento. Un abrazo desde la distancia.

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