Una buena mujer

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No recuerdo cuando fue la última vez que aspiré mi coche. Algo tan sencillo y rápido ha tardado más de un año. No hay razones, simplemente lo vas dejando como el que deja atrás otras cosas que no consideras urgentes y de pronto un día llegas y limpias en diez minutos esos escasos dos metros cuadrados donde pasas gran parte de tu tiempo. En el interior había casi todo tipo de pequeñas cosas, basura la mayoría. Encontré bolígrafos y tapas sueltas de bolígrafos, trozos de naranja, un millón de botellas de agua, discos sin funda, un cigarro, una coleta, papeles legibles, papeles ilegibles, un paraguas. Todo con una fina capa de polvo. Ahora parece otro coche, pero es el mismo. Luego poco a poco se irán acumulando cosas hasta que ciertas circunstancias hagan que lo limpie otra vez.

Yo estaba en el taller de mécanica rápida por un cambio de ruedas, donde por fuera hay un tren de lavado y al lado un aspirador. Una señora, tendría cincuenta años, también quería cambiar los neumáticos de su camioneta. Fue ella la que se ofreció a darme unas monedas que faltaban para completar el euro, lo que cuestan cinco minutos de aire aspirado. Pensé cuanta basura se traga esa máquina todos los días y también pensé que nosotros también nos tragamos basura a diario. La señora me contó que vivía muy cerca del monte, y que un pino centenario se elevaba en el porche de su casa. Me contó que tenía una huerta con verduras y frutales. Me mostró unas fotos de varios menús. Una pequeñas cucharillas con anchoa y tomate que servían a diario. Era cocinera. Había trabajado en restaurantes y ahora estaba en un hotel. Me contó que tenía una hija y una nieta. Me mostró fotografías se sus gatos, de su hija y de su nieta y del marido de su hija. Era ruso. Parecían felices en una foto. Sonreían en una piscina portátil que habían montado en verano. Me dijo que el silencio era un lujo de pocos. Me dijo que apenas tenía vecinos, solo un matrimonio alemán, con su niña pequeña, pero apenas se les veía. Trabajaban desde casa a través de Internet, vendían algún tipo de producto de nutrición e iban cada seis meses a Berlín.

Me contó que su casa estaba construida sobre la estructura de otra que se había quemado y que la había conseguido a buen precio. Decidió trasladarse de la ciudad al campo para cuidar a su madre, ya fallecida, enferma de Alzheimer. También me dijo que le gustaría tener más tiempo libre para estar en su casa y arreglar la huerta, y que libraba lunes y martes, pero necesitaba el dinero. “Todo tiene un precio” , comentó. Todo esto pasó mientras cambiaban las ruedas delanteras de su camioneta. Luego le tocó el turno a mi coche. “Las ruedas delanteras son las que más sufren, las que soportan el peso del motor”, dijo el mecánico. Era un joven con cara de mecánico.

Cuando me di cuenta la mujer se había ido. El ruido de su camioneta se alejaba por la carretera hacia el monte donde encontraba el silencio. Era una buena mujer. Pensé que de alguna manera ella hacía que las cosas fuesen mejores a su lado. No la he vuelto a ver.

Celebro tener en el coche Mumford and Sons. Su último disco Babel. Llevo una semana escuchándolos. Pura energía.

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