Un hombre normal

El hombre apaga las luces y sale de la oficina. Antes conecta la alarma y comprueba que todo está en orden. Así hace todos los días al abandonar su trabajo. También como todos los días ya es de noche y el hombre mira hacia el cielo. Distingue las estrellas que están al alcance de la vista. No hay una sola nube para cubrir nada. Así lleva meses la noche comportándose. Pero el hombre decide no prestar más atención a lo que hay encima de su cabeza, tan lejano y presente a la vez.

Sube a su coche y arranca. Llega a la avenida central donde le esperan una inmensa fila de semáforos que dirigen el ritmo de la ciudad. El rojo manda y detiene el coche. El hombre enciende la radio para escuhar nada interesante, pura mala noticia.  Opta por un disco: Standarts and ballads, de Winton Marsalis. Esa música parece ideal para atravesar la avenida donde cruzan los peatones, ajenos a todo lo que pasa en el interior de su coche. Una mujer es la última en cruzar. Lleva puestos unos vaqueros y una especie de rebeca de lana que le llega por las rodillas. Tiene el pelo recogido con una larga traba de madera y arrastra una maleta. O acaba de llegar o está a punto de abandonar este sitio. El hombre se pregunta quién será y siente que ya no la volverá a verla. Pero qué importa eso ahora en unos segundos donde los coches dejan paso al devenir de las personas.

El coche sigue su curso por el carril de siempre. El hombre abre la ventanilla y la brisa de la ciudad golpea su frente. Poco a poco su cuerpo se va adaptando al aire renovado, y comienza a bostezar, a olvidarse de las tareas pendientes, y a sentir como en esta noche cualquiera quizás ocurra algo extraordinario. El hombre siempre espera una sorpresa.

Al abandonar la ciudad por el puente de hierro puede ver las luces de los barcos atracados en el inmenso muelle. Suena  After you have gone y cierra las ventanas para escucharla mejor. De pronto piensa si este es el trayecto que va a seguir recorriendo el resto de los días, si nada, por pequeño que sea, va cambiar. A través de las rendijas de la calefacción se cuela un fino hilo de miedo que no abandonará al hombre hasta llegar a su casa.

Una amplia sonrisa recibe al hombre. Su mujer pregunta cómo ha ido el día mientras  el hombre deja sus cosas y abre una cerveza bien fría. Durante la cena observan el telediario por la pequeña televisión de la cocina. Nada  interesante, pura mala noticia.  El hombre se come todo lo que está en el plato sin pausa. Luego cae en el sofá donde  tarda en encontrar algo decente que ver. La mejor opción es el boxeo, esos combates de leyenda que repiten de vez en cuando. Su mujer prefiere ir a leer al dormitorio. El hombre permanece en la sala hasta que sus ojos no pueden más. Debe ir a la cama. Es como la orden del semáforo en rojo. Si sigue en el sofá se levantará de madrugada desorientado y luego le costará volver a coger el sueño. Incluso en su casa, es mejor no dejarse llevar demasiado.

Su mujer duerme de costado, profundamente,  como si alguien le hubiese ordenado un reposo absoluto. De pronto el hombre nota como el fino hilo de miedo entra por la rendija de la ventana y baja hasta el piso. El hombre abraza a su mujer y cierra los ojos pagando la cara en su espalda. El hilo de miedo abandona el cuarto por el mismo lugar donde entró.

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He vuelto a retomar a Paul Buchanan

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