Montaña rusa

Las hojillas de afeitar de los hoteles no son una maravilla pero era lo único que tenía a mano para quitarme la barba. Luego me di una larga ducha, dejando que el agua caliente adormeciera la espalda. Preparé una copa y salí al balcón. La tarde se terminaba y daba paso a una noche fresca y clara.  En el paseo algunos niños sostenían una nube rosada de azúcar, algunas parejas caminaban lentamente sin saber con certeza dónde ir, dejándose llevar por la dirección que marcaban las farolas y por esa sensación de no tener nada que lograr. Cerca de la playa estaba instalada una montaña rusa.  Pude escuchar los gritos enloquecidos de la gente montada en aquel amasijo de hierro. La felicidad era cuestión de tres minutos. Subían unos y bajaban otros, hambrientos de sensaciones irrepetibles y fugaces. Por primera vez tenía hambre. Ganas de comerme un buen bistec con ensalada y algún postre de chocolate y luego dar un paseo hasta el muelle para ver qué habían cogido los pescadores. No era un plan maravilloso pero no estaba mal.

Me gusta ir a los muelles por la noche, cuando sólo se oye el ruido de los cabos que sostienen los barcos atracados. Siempre miro en el cubo de  algún pescador y pregunto cómo va todo. Lo hacía desde pequeño. La respuesta suele ser breve y sin demasiado entusiasmo. Pero eso no quiere decir nada. Es así. El pescador no va por la noche al muelle para llenar su despensa, simplemente disfruta  con la sensación de que su caña vibre de vez en cuando. El resto solo es esperar.

Me vestí y salí al pasillo para coger el ascensor. A veces, pensar que estoy en un octavo me da vértigo, pero era cuestión de acostumbrarse. En la pantalla del Otis los números pasaban rápido. La puerta se abrió directamente en el comedor y un camarero me condujo a una mesa casi sin que pudiese elegir y yo me dejé llevar. Pedí una cerveza, la carne poco hecha y una ensalada con lechuga, tomate, aceitunas, alcaparras y anchoas. Un postre de chocolate con galletas para finalizar.

En el paseo ya iba quedando menos gente. Todas en las mismas circunstancias. Instaladas en hoteles, dispuestas a llenar la playa, comer, dormir y volver a ir a la playa. Y por la noche tomar unas copas o montarse en la montaña rusa. Así era este sitio.

Pasada la medianoche pocas personas quedaban en la calle. Pasé frente a la montaña rusa. Era inmensa. Un hombre desconectaba el último resquicio de lucecitas que iluminaban uno de los carros. Era cuestión de desenchufar un cable para que todo quedase definitivamente a oscuras. Ese amasijo de hierro se iría enfriando hasta quedar en reposo.

Antes de subir al hotel tomé algo en un bar. Ya en el ascensor volví a mirar a la pantalla. Haciendo cálculos recorría una planta por segundo, a no ser que alguien se parara antes, pero yo estaba solo y nadie pulsó el botón desde fuera. Así que en ocho segundos llegué al octavo piso. Volví a pensar en el vértigo.

Una moqueta roja y perfumada cubría el pasillo. Ya en la habitación, antes de quedar rendido en la cama, cerré la ventana del balcón y bajé las persianas. Leí un poco y me quedé dormido. Soñé que estaba subido en la montaña rusa. Agarrado fuertemente a una barra de metal de uno de los vagones. A mi lado estaba el hombre que había desconectado las luces. “Tranquilo, ya verás que no es para tanto”, dijo.

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He vuelto a recuperar a Bon Iver.

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