Mi madre

Cuando abrí los ojos un pájaro marrón oscuro de gran tamaño estaba posado sobre el armario de mi habitación. Miraba hacia la ventana que había dejado abierta durante la noche, pensando que nadie entraría, salvo el ligero frescor de estos días al inicio del otoño. ¿Qué otra cosa más podría ocurrir?.

El pájaro parecía dispuesto salir volado en cualquier momento, o eso creí, pero allí se quedó. Sus garras se sujetaban al relieve que sobresalía del mueble, clavadas las uñas, fijadas como en el tronco de un árbol. Nadie más estaba en la habitación salvo el pájaro y yo. Nadie más estaba en mi casa. Así que era inútil gritar y aunque lo hiciera no podía: ningún sonido salió en ese momento de mi garganta. Boca arriba sobre la cama tampoco mi cuerpo se movía, apenas podía levantar los brazos hacia los lados y el cuello. Noté el libro y las gafas a mi izquierda, abandonadas entre las sábanas. El marcador estaba entre mis pies, de alguna manera llegó allí, suelto y arrugado. Ahora no recordaba en que página me había quedado. Pero eso era lo de menos. Un enorme pájaro marrón se posaba inmóvil una mañana cualquiera en mi dormitorio sin que yo me pudiese mover de la cama. “Como mismo viene, se irá”, pensé.

De  aquel bicho salió un sonido grave que se iba agudizando hasta acabar en un grito desgarrador. Como si viniese de las tinieblas. Repetía ese grito tres o cuatro veces, sin mover una pluma, sólo aquel  sonido desconocido que se repartía por cada rincón de la habitación y en lo más profundo de mi cabeza. Ya apenas giraba el cuello a los lados. A la derecha estaba el pájaro y a la izquierda  el libro abierto al azar.

Sonó el teléfono. Como suena casi todas las mañanas. Y eso hizo que el pájaro abriese sus alas y sin más, saliera por la ventana. De pronto mi cuerpo comenzó a recuperar la movilidad en los brazos, los pies, la espalda. Y el miedo retenido por aquella cosa se convirtió en pocos minutos en una sensación ligera, como si flotara. Me sentí fresco y renovado. Lo primero que hice fue coger el marcador del libro y colocarlo en el capítulo seis. Creo que ahí me había quedado. Me asome a la ventana para ver a dónde había ido el animal. Ni rastro.

Hacía un buen día y los pajaritos de los vecinos cantaban como siempre, el ciego de la esquina estaba allí como siempre y el vecino seguro que sobre las once abriría la puerta de su garaje para seguir arreglando algo. Siempre necesitaba reparar pequeñas cosas que precisaban de martillo, lijadora y otros instrumentos. Así ocupaba su tiempo.

Me duché, desayune y mientras cogía las llaves del coche vi la luz intermitente del teléfono. Descolgué. “Tiene un…… mensaje nuevo. Mensaje número uno, recibido hoy……. a las nueve horas…….trece minutos: “Nicolás, ¿vas a venir hoy a comer?” “no te olvides de traerme los ‘táper’”, decía.

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