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Stones

Mientras el microondas calienta la leche, algo que todavía consideras un misterio, le envías un mensaje de texto por su 33 cumpleaños. En ese minuto y medio da tiempo de conectar la radio, poner unas tostadas a calentar y abrir las ventanas de la sala para que entre la claridad, el aire de la mañana. También te lavas la cara. Permaneces unos segundos frente al espejo, no mucho más. Sientes que por fin has despertado. Solo recuerdas vagas escenas, rápidas y difusas. No explicas como has dormido tan agitado si te has acostado temprano y con la comida justa en el estómago, siguiendo las recomendaciones de los expertos, pensando en las cosas buenas que te han pasado durante el día. A la mierda los expertos. Recibes la respuesta del móvil. Y eso te alegra.

Desde tu casa a la playa hay unos quince minutos en coche, aunque veas por la ventana el mar. No vives ni en el monte, ni en la costa, sino en un pueblo de medianías donde no hay términos medios: o estás con él, o lo detestas. Pero allí duermes todas las noches.

Para ir a la playa tienes que pasar por una carretera angosta, curva y seca, en un tramo de unos diez minutos, donde solo parecen vivir los lagartos; hay alguna casa abandonada y otras reformadas: antiguas chozas de fincas convertidas en pequeños hogares que se han adaptado al paisaje como los reptiles. Sí, es una carretera angosta, seca y curva, casi un camino, pero de asfalto.

Llegando al mar se ven las plataneras. El camino acaba en cuatro casas, apenas dos calles. Allí cogen el fresco algunos hombres, fuera del bar, que miran los coches pasar en las tardes de verano e invierno, y que lo harán en el resto de tardes de su vida. Eso dura menos de un minuto porque pronto estás en la carretera principal que te lleva directamente al pueblo de la playa. Un sitio estrangulado por la maraña de apartamentos construidos en torno ella y al acantilado que la abriga. Ese es el verdadero motivo de que alguien haya construido una carretera para llevarte al mar.

En la orilla un hombre te señala las rocas que no se observan a simple vista a causa de la marea. “Stones”- indica con acento ruso. Mientras, mira el agua en calma y entra. A ese hombre lo espera en la arena su mujer y supones que su hija pequeña. Vencidas por el sol se quitan la arena seca de los pies y recogen sus cosas. El hombre solo quiere nadar un poco, el último baño antes de irse a cenar. Ya casi no hay gente en la playa. Algunos pasean hasta el fondo, donde se acaba la arena y comienza el acantilado. Allí está el abismo.

En la orilla han quedado algunos restos de musgo que parecen cabellos pelirrojos y que pisas sin darle demasiada importancia. El hombre sale del agua. “¡Stones!” -le recuerdas mientras metes las rodillas. El hombre afirma con la cabeza.  No está claro que haya esbozado una sonrisa. Mira a su familia.  Solo quería nadar un poco. Y así ha hecho.

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No es que me guste demasiado Norah Jones pero hay cosas que vale la pena escuchar de esta chica. El último trabajo se llama Little Broken Hearts y tiene un corte diferente a sus predecibles anteriores. Vean el vídeo “Happy Pills” y prueben a escuchar el disco. Lo tengo en el coche. Este es “Miriam”.

http://www2.norahjones.com/

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