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Verano

Sales fuera, a la terraza. Escuchas la misma música de todas las noches que proviene del hotel. Suena a las Danzas Húngaras y no sabes si alguien está haciendo un juego de magia, malabares o un baile, porque desde la terraza no ves sino ese inmenso hotel que tapa la playa, y aunque deja libre el horizonte, preferirías que no existiese. Pero ahí está.

Te gusta permanecer allí, ver como anochece. Primero empezaste a venir algún día entre semana y ya casi has hecho de este apartamento tu propia vivienda. Pero es de ella.

De alguna manera te sientes cómodo en esta parte de la costa, lejos del frío, de las nubes eternas que se meten en los huesos y en la cabeza. Te gusta estar aquí, salvo escuchar Danzas Húngaras, todas la noches, y los aplausos ejecutados por personas que jamás verás.

Entre semana sólo vienes por la noche, al salir del trabajo, como ella. Y los fines de semana o inventan algo o guardan una especie de reposo absoluto administrado con comida y sexo.

Por la mañana bajas a comprar el desayuno: pan y jamón para ti y bollos para ella, que prefiere los sabores dulces. Durante la tarde dan un paseo, porque el apartamento se calienta demasiado. Hay que abrir las ventanas y las persianas; dejar que entre la ligera brisa de las ocho, que para ella es fría y para ti necesaria.

Acaba el show del hotel que detestas. Acaban los aplausos de la gente que nunca verás. Detrás se oye el mar, lejano y en calma. Te das cuenta de que hoy empieza el verano.

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