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Ventana

Estoy en el café donde bebo el descafeinado de máquina de todos los días. Me parece un buen café, por eso no suelo ir a otro sitio. En unos veinte minutos entro de nuevo al trabajo y en cuatro horas, si nada extraordinario ocurre,  estaré metido en la piscina, donde habrá más gente como yo, con el gorro, unas gafas,  avanzando de un lado para otro durante aproximadamente una hora. Si lo piensas bien es ridículo, y sano si no lo piensas demasiado.

Luego, salvo que algo lo impida, llegaré a casa con hambre, lo que significa que mi cuerpo no funciona tan mal.  Me centro en acabar el café. Tengo el periódico en la mesa, donde  sale publicado un artículo  hablando de esta Semana Santa. Paso página. El otro día estuve con un cura, un tipo joven, de esos que no parecen curas, pero que lo son, y le pregunté que si creía sinceramente que después de muertos despertaríamos en otro mundo. Me contestó que en eso se basa la fe. Luego, al despedirnos habló de ser capaz de amar y ser amados. Ardua tarea, pero supongo que en eso nos va la vida.

Pago el café y en el coche, de camino al trabajo, pienso en la muerte. A veces me pasa. Me disgusta imaginar que ya estoy muerto, que hace tiempo que lo estoy, que la familia me está buscando, que todo lo que me rodea es otra realidad, incluso mi familia no es la de siempre, sino una copia. Angustia pensar que me están buscando porque me he ahogado en el mar o precipitado por algún acantilado sin dejar rastro. Tonterías.

En el coche tengo tres discos: Adore, de Smashing Pumpkings, las sonatas para piano de Mozart, por Maria João Pires, y el pop elegante del último de Tindersticks, The something Rain. Tres dosis de mañana, tarde y noche. Elijo Mozart por la mañana. Siempre uno vuelve a él, tarde o temprano. Los demás son opcionales. Por pedir, me encantaría cantar como el vocalista de Tindersticks o tocar el piano como la portuguesa.

Antes de salir del coche pienso que todo está saliendo al revés, justo lo contrario de lo que había planeado, y que vivimos con la idea de que las cosas pueden cambiar, con esa perspectiva de supervivencia. Llega un momento en que dices “ya he cambiado, ¿lo ves?”, hasta que un fugaz encuentro con la verdad te pone de nuevo en el punto de inicio.  Entro al trabajo y me siento a escribir: es lo que tengo que hacer.

Llego a casa con el pelo mojado de la piscina y con mucha hambre. Arraso la nevera y caigo rendido al sillón. Despierto de madrugada, desorientado y con frio. Avanzo a la cama e intento leer algo. Agarro Solar, de Ian McEwan, pero no logro entender ni  un párrafo a pesar de los esfuerzos. Se cierran los ojos y el libro cae sobre mi cara. Aunque todavía hay tiempo para volver a pensar en la muerte. Alguien me dijo que cuando vengan esas ideas indeseables a la cabeza trate de visualizar una ventana abierta, donde el aire mueva finas cortinas. A través de la ventana entrarán y saldrán las ideas con total libertad, pero no se quedarán en la habitación porque el aire las empuja hacia fuera. Como mismo han venido, se irán. Intento centrarme en ello.

La costumbre hace que un segundo antes de soñar, apague la luz de la mesilla de noche.

Tindesticks

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2 comentarios en “Ventana

  1. Vicente dijo:

    La muerte es lo que hace interesante la vida, y en todo caso nuestro prodigio y nuestro drama es la conciencia del paso del tiempo. Aún asi, en tu relato de un día cualquiera hay episodios de sabía delectación del tiempo: el agua, la música, la escritura…y hasta el sueño. La vida es sueño, y los sueños, vida son.

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  2. m_radovan dijo:

    Cuando conduzco de noche, sola, me da por pensar que de repente he tenido un accidente de coche, que en esa curva me he salido de la carretera y que en realidad estoy muerta, bajo un amasijo de hierros, y que mi fantasma sigue conduciendo el coche en una realidad paralela.

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