Patio


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El pájaro está enterrado en la maceta del patio. Lo tuve algunos minutos en mi mano y luego en un pañuelo, con las alas recogidas y la boca abierta, esperando una señal de vida. Pero no se movía. Hice el hueco y lo enterré. Luego vino la noche. Todo es culpa mía. Cuando cayó del nido, aún no podía volar y solo daba torpes vueltas por el suelo. Comía lo que traía su madre, que venía desde arriba a toda velocidad. Su padre esperaba posado en la antena. Noté que a veces me miraba enfadado, como diciendo “échanos una mano, anda”. Pero el nido estaba a suficiente altura para no poder devolverlo. Era un peligro, un riesgo, uno más de los que imagino. Los días están llenos de peligros y de riesgos. La primavera, el verano y el invierno, cada estación tiene los suyos, además de su advertencia, olor, sensación, contradicción, expectativa, repetición. 

Ahora han pasado unos minutos de las doce de la noche y miro la maceta a través de la ventana. A veces la visito y hago que rezo. No sé, le pido perdón. A él y a su familia, que por cierto, hace días que ha desaparecido. Abrí la puerta para tender la ropa y lo aplasté. Eso fue así. No lo hice a propósito pero fue así y contra este hecho no se puede hacer nada.

El viento golpea la puerta de la entrada. El mar se escucha de lejos. Llegan días soleados. En la casa de enfrente pude oír esta tarde los mismos cantos de vida que habitaban este patio y donde ahora solo cuelgan trapos. Otros nidos han surgido.

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Regreso


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Hay una sensación de que el frío no volverá a ser el mismo. Se aleja. Es una sospecha, tal vez, porque la luna anoche estaba amarilla como el sol y hoy las nubes no tienen forma, son una malla blanca que cubre el cielo. La tierra está verde y en algunos rincones hay campos de margaritas que marchitarán pronto, apenas en un mes. También esto es una sospecha. En el avión, una niña que juega a la consola me ha dicho que prefiere los videojuegos a los libros. “Estoy jugando a cumplir una misión”, aclaraba decidida. En la cafetería, una amiga de amigos reconoce que prefiere trabajar en urgencias antes que en cualquier planta del hospital. “En la planta le coges cariño a los enfermos y abajo todo es más rápido. El ochenta por ciento de los que llegan son turistas”. En el patio de mi casa hay dos pájaros muertos. Tienen las alas extendidas y el pico abierto. Los he descubierto al regresar, cuando el viento se había marchado y la noche quedaba expuesta a las estrellas. Sus caras reflejan una batalla, por sorpresa, una emboscada. Esta mañana, temprano, un pájaro cantaba y sacudía sus alas en la antena. No estoy seguro si lo he visto antes pero ahí sigue, al sol. ¿Qué habrá pasado?. Hay también una sensación de que la vida intenta volver a empezar.

Estar mejor


Es domingo y el sol está todavía en ese punto invisible que ilumina las cosas pero no las calienta. La calle parece fría, como las palmeras, el cielo, la ropa tendida en el patio y el mar. Decía (más bien lo había imaginado) que cuando estuviese en un lugar apartado podría escribir más. Pensaba que esta casa en la playa, alejada del tráfico y de los ruidos (un “regalo” de las circunstancias), facilitaría la tarea de continuar y acabar algunos relatos, la mayoría con principios todavía en el aire o finales de dudosa redondez. Y hace un mes que no me siento delante del teclado, por pereza, por postergar lo “inútil”, o porque en realidad había pensado que no tengo nada que decir que pueda interesar. Y ahora creo que es preferible sentarse y ver qué pasa; escribir para uno mismo como acto de hacerlo para los demás. Hay frenos que tienen que ver con el miedo y con cierta frustración en no saber qué cosa es uno definitivamente o qué es lo mejor que sabe hacer. “Deja de intentar definirte, no insistas en eso”, dice M mientras lee en la cama, como una muñeca frágil, junto al perro, buscando entre los diarios de Piglia si este mundo tiene algún secreto, o corroborando que no hay método, manual, ni lugar al que ir para escribir un libro, pintar un cuadro, componer una canción, que no sea tu propia cabeza. M parece experta en aforismos sin quererlo. Y uno los apunta en el cuaderno como el periodista que ha encontrado el titular para la entrevista. A partir de una frase puede empezar una historia. Y M también quiere saberlo todo, leerlo todo, tocarlo todo. Pero no se obsesiona como uno, que se obsesiona con el mundo y su acontecer, con el paso del tiempo, su geometría, con la música, las vidas de los otros, la técnica para tocar la batería, los dolores desconocidos, las mujeres, la casa donde vivirá, el pasado, la familia, los libros, el trabajo, si estás en “lo correcto o no”, la búsqueda infructuosa de definirse. Por eso, en el hecho de escribir, existe una intención de orden, de aceptación, de convertir la mirada y la imaginación en párrafos, de síntesis, de iniciar este febrero. De estar mejor.

 

Desde el balcón


Todos vals se parecen pero ninguno es igual. Es como si cada uno hablara del otro y se reafirmara en su cadencia ligera, reconciliadora, refrescante, con melodías de necesaria repetición. En el Danubio Azul están concentrados todos los valses de los Strauss y  la felicidad de un sueño que flota en el aire. Gran parte de lo placentero ya ha sucedido y solo nos queda repetirlo mientras que a la vez cada instante  se muestra diferente. El primer día de 2018 el mundo vuelve a necesitar de la música para seguir. Y el Concierto de Año Nuevo suena en la sala dorada de la infalible Austria. Los  aplausos a Muti, que repite por quinta ocasión en la batuta, se escuchan desde el balcón, donde uno ha guardado el periódico de ayer. La marcha Radetzky, casi un souvenir, permite al público participar de la ordenada alegría que establece el protocolo.

Al balcón llegan dos palomas que se parecen pero no son iguales. Picotean desconfiadas los restos de la cena antes de retomar el vuelo hacia otro balcón. Hace viento y el día está azul.  En la mesa ha quedado una corona roja de brillantinas que también concentra, como el Danubio Azul, sensaciones reconocibles, cuando hace unas horas, la mayoría de nosotros  reproducía similar ritual para prometerse cosas que quizá pueda cumplir.

Librero


El propietario de la librería fue antes mecánico de coches. Cuando llegó a la isla, antes de casarse, lo había leído casi todo. Hoy lo he conocido, detrás del mostrador, comprobando las últimas novedades. Al fondo, las estanterías interiores en dos pasillos abarrotados de volúmenes ocultos a simple vista. De cara al público, la librería es un espacio justo, cuadrado, sin ornamentos salvo los que permite el color de las solapas. La ansiedad del lector se supone al intuir lo inacabable.

Pregunto por “La utilidad de lo inútil” y el propietario ofrece “Clásicos para la vida”, ambos de Nuccio Ordine. Los dos se han agotado. No hay más información, aunque en ese momento entiendo que lo inútil le interesa a un número suficiente de personas.

El orden alfabético facilita la búsqueda en las estanterías principales. Por la UM extraigo el libro y lo abro por la pagina 225: “la biblioteca es un gran laberinto , signo del laberinto que es el mundo. Cuando entras en ella no sabes si saldrás”. Al devolver “El Nombre de la Rosa” a su estante, el librero sonríe, como su supiera no solo la página que el azar ha escogido sino la incertidumbre de un hombre perdido.

Temblor


 

Uno

Es por la mañana. Me quedo leyendo en la cama. La luz entra por la ventana. Se oyen las hojas de las palmeras en el jardín de picón donde van a cagar los perros. Pasa algún coche. Apuro las últimas páginas de La memoria de los Peces (Literatura Random House) de Sergio del Molino (pegaría aquí en último capítulo, íntegro, la página 207 y 208, pero ya cortamos y pegamos, por comodidad, por frivolidad, demasiadas cosas). Y vuelvo a dormir con el libro en el pecho o en la cara, como siempre me pasa. Al despertar, pienso que conviene ordenar la casa. Recojo la loza, la ropa tirada, pongo una lavadora, quito el polvo del escritorio y del televisor, barro y paso la fregona con olor a pino (nunca he olido un pino). Meto las botellas de plástico en el contenedor amarillo. Las de cristal en el verde. El resto de basura, en los contenedores grises, donde se reúnen miles de gatos, preciosos, mansos y ariscos, que se alimentan de las colas de espinas que los turistas dejan bajo las mesas de los restaurantes.

Y de pronto el mar, como un “reseteo” de todo, un reinicio espontáneo. Las rodillas duelen al entrar. Todavía queda algo de resfriado. Los niños siempre encuentran aventuras nuevas entre los charcos. El volcán entra en el océano y se vuelve paisaje cristalino, azul, hasta desaparecer para entrar en otra isla. Un hombre vaticina: “es probable, a estas alturas, que aquí no llegue el invierno”.

Dos

Me asusta la muerte repentina. No poder despedirme. Y hay una idea que regresa: la de ya estar muerto y ser consciente de que estás en un sueño. Me atormenta pensar que los otros han sufrido, o que andarán preguntándose dónde ando. El sueño tiene copias exactas de los días y las personas, como si no hubiera pasado nada. “En la metafísica, la muerte puede ser también un límite del conocimiento. El simple hecho de estar vivos nos incapacita para comprenderla.”, dice del Molino en el libro.

Tres

Mi coche tiembla. Lo hace al llegar a los stops, cuando piso el freno. Tiembla solo un poquito. Y le digo “tranquilo” y me lleva a donde acordamos. Con los años ha desarrollado un familiar ruido en el motor. Al no tener garaje, la carrocería casi ha perdido el verde. El cristal de la derecha todavía no baja. Tiene un ligero roce en la parte trasera, al lado del intermitente izquierdo. Y ahora tiembla un poco. M me dice que lo deje temblar, qué más da, pues de resto, todo lo demás va bien. A M le tiemblan las manos casi cada día. Creo que es una mezcla de su fragilidad e inteligencia.  El mecánico guarda silencio cuando se lo comento. Y me mira y se parece a su hija a la que doy clase. Cree saber la causa de lo que le pasa al Renault. “Tráelo mañana”, sentencia, y se vuelve a meter cuesta abajo en su taller, una cueva oscura donde asoma un coche, quizá también temblando, al que supongo, pondrá remedio.

 

 

 

 

Hormigas


Las hormigas han vuelto. El veneno ha servido solo para asustarlas. Después de unos días aparecen más con las mismas ganas de trabajar. Salen de todos los huecos invisibles que deja la casa. Forman largas y ordenadas filas. Incluso desde la calle, cruzan la ranura de la puerta hasta escalar el cubo de la basura. Sin hacer ruido, caminan discretamente en línea recta hacia su objetivo. No sé que hacer. Las trampas no funcionan. Habrá que hablar con ellas, decirles que por favor, que se vayan a otro sitio, que no pueden estar ocupando la cocina, ni el escritorio, ni el baño. Supongo que ellas habrán llegado antes y han dado por hecho que esto es suyo. Después de todo, han nacido aquí. Se podría sentir uno como el intruso. Quizás fuéramos capaces llegar a un acuerdo, ofrecerles un espacio para ellas donde puedan trabajar y vivir. Con un par de migas de pan al día sería suficiente. Pero sé que será difícil. Solo habla la hormiga reina, y, por lo que he podido saber, la reina siempre está escondida u ocupada. Más veneno no parece una solución. Mañana probaré a darles comida en algún sitio que pueda controlar, como una manera de dar a entender que estoy dispuesto al diálogo y no quiero líos. Pero seguro que tampoco funciona, en cuanto vean la oportunidad, volverán a ocupar, sin permiso, toda la casa.

Azar


Hay muchas razones para estar contrariado, enfadado, asqueado, con el gobierno de este país. La corrupción continuada, la precariedad laboral, la falsa idea de progreso, el paulatino deterioro de la sanidad y la educación pública. Todos son motivos suficientes para no haber votado a los que nos gobiernan. Pero conviene apuntar que el sentimiento generalizado de un futuro incierto provocado por esta democracia desdibujada, por una manera irresponsable de hacer las cosas,  no es razón para despertar consignas y acciones separatistas, soberanistas, que, por otra parte, generan respuestas judiciales y, como consecuencia, policiales (como mínimo sorprendentes), para dividir todavía más a las personas. El derecho a decidir, aparentemente axiomático, no lo es tanto cuando un parlamento se salta las reglas de juego, cuando en las palabras del presidente de la Generalitat se escuchan cosas como que el Gobierno es el “guardián de la tumba” de Franco o en la calle se llama renegado a Juan Marsé. Esa calle, joven y furiosa, descontenta y desorientada, que toma la universidad y se cree capaz de cambiar el mundo, tacha a este nefasto Gobierno que nos dirige, de dictador, de quitar ese preciado derecho que tanto ha costado. España, afortunadamente está lejos de las dictaduras más crueles, e intenta, con sus defectos de fondo y de forma, estar a la altura de una sociedad europea con más luces que sombras. Así, un referéndum parecería solo posible entre una sociedad menos crispada, sin caer en la precipitación de la pancarta y del escrache y con políticos capaces de llegar a consensos, pero también con ciudadanos responsables y consecuentes. Con todo, la situación está tomando una deriva alarmante y en este caso, uno solo opina que la solución pasa por tomar cuantos cafés sean necesarios, repito: cuantos cafés sean necesarios, entre los que han provocado este triste episodio del final del verano y llegada del otoño. Que las hojas de los árboles se caigan es irremediable. Lo demás, de consecuencias desconocidas, puede evitarse. Como dice Emilio Lledó, nacer en un país o en otro “no es más que una cuestión de azar”.

Isla


Decía ayer Rosa Montero que la mayoría de las cosas que imaginas no van a ningún lado. Lo que piensas mientras conduces, mientras estás debajo de la ducha o mientras miras al mar, se pierde en alguna parte. La escritora habló en la Fundación César Manrique, en Lanzarote, de la necesidad de la escritura para las personas imaginativas, que precisan convertir los pensamientos en lenguaje. Los pensamientos que conmueven y ya no pueden quedarse en el aire, necesitan algún valor, ser compartidos. La sensación de que “la vida no basta” como decía Pessoa y recalcaba Montero entre los cuadros de Manrique, entre el volcán de esta isla dura y bella, supone un patrón común para el escritor, pero también para el lector. Porque lectores y escritores  buscan el relato, real o ficticio, porque al final todos somos narración e  intentamos comprender la fisura que nos separa del entorno. Compartimos las mismas preguntas y transitamos los mismos caminos, tarde o temprano.

En estos días en los que uno intenta hacer suyo un nuevo espacio, decido que no quiero un reloj en la cocina y anoto en el cuaderno: “quedarme sin tiempo”. El reloj marca las 05:12 de la tarde cuando deja de funcionar. Lo meto sin pila en una de las gavetas. Y el cuaderno se acaba. Solo queda una hoja en blanco cuadriculada. Es negro, de tapa dura, tiene un elástico para asegurar el cierre. Tiene un escudo en relieve de un ayuntamiento que nos hacía regalos por “cubrir la realidad informativa”. La primera página está fechada el 12 de marzo de este año. La primera frase está escrita con la hora anotada, las 16.30. Es de ‘Años Felices’ el segundo tomo de los Diarios de Emilio Renzi, de  Ricardo Piglia y dice: “escribir con la sinceridad de un sujeto al que no conozco y que solo aparece o se asoma cuando escribo”.

El pasado sábado, precisamente, Babelia le dedicaba una página a Ricardo Piglia y al último tomo de sus Diarios, una edición póstuma que se publicará de 13 de septiembre, el miércoles.  Aquí, el periódico llega pasadas las diez de la mañana en una furgoneta blanca. El repartidor tiene todos los síntomas de la minuciosidad. Cuenta los periódicos y los separa. Los reparte en los dos supermercados y en la gasolinera. Las gasolineras cada vez venden más cosas que no tienen nada que ver con la gasolina. “I can,t breakfast without the newspaper”, le digo a un extranjero risueño que espera su turno en la caja mientras pienso: “creo que se dice así”.

En el cuaderno acabado también hay fragmentos poco legibles de una entrevista en Tenerife. Puedo leer: “están llegando turistas que no son nuestros turistas. El turista es aquel que vive y deja la riqueza en la isla”.

 

 

 

 

 

 

Trastero


En el último día de agosto, estoy sentado en la mesa donde probablemente almuerce la mayoría de los días de este año. Tiene un mantel azul, porque aquí todo es o azul y blanco o verde y blanco. No hubiera sido tan difícil haber respetado estos colores, esta manera de vestir las casas, en el resto de las islas. En la mesa ya hay un frutero con fruta, pero también pan y chupetes (cortesía de la casera) y cápsulas de Omega 3. Frente, la cocina con todo lo necesario y un reloj de cerámica en la pared  con girasoles pintados que suena exactamente igual todo el tiempo que le presto atención. También hay un sofá bajo una ventana de madera que se abre por partes con bisagras resistentes. Fuera suena el viento y lejos se escucha el mar.

He cogido una casa de veraneo para pasar el invierno. Cuando este pueblo se vacía, uno llega y se queda. Si miro a la derecha veo el pasillo y al fondo el otro cuarto con otra cama donde pondré el escritorio. El patio interior no es tan interior, porque se ve el cielo, solo el cielo, hoy blanco, más bien gris, y otras veces azul. Allí hay  tres enormes macetas de plantas que viven sin agua y cuerdas para tender la ropa. Al trastero no puedo entrar. La casera se ha llevado la llave pero dice que no vale la pena. “Está lleno de trastos”, escribe.

Los libros de agosto han sido ‘La sonrisa de Mandela’, de John Carlin; ‘Clavícula’, de Marta Sanz; ‘La uruguaya’, de Pedro Mairal. He dejado a la mitad la biografía de Herman Melville, por Adrew Delbanco y prólogo de Muñoz Molina. Acabo en breve Dar Razón, que recoge entrevistas a Emilio Lledó y volveré a leer. He tomado apuntes, varios. Habla el filósofo de “enseñar a mirar: la gramática de la sensibilidad” o “provocar la necesidad de diálogo” en la educación, este nuevo terreno donde uno aterriza con curiosidad y sin saber demasiado.
Los charcos naturales forman este pueblo marinero de Lanzarote. En un banco de cemento pintado de blanco, frente a uno de los charcos se puede leer: “prefiero un no antes que una respuesta de mierda”.