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Hueco


El pájaro está enterrado en la maceta del patio. Antes de que la puerta lo aplastara estuvo algunos minutos en mi mano, con las alas recogidas y la boca abierta, como si quisiera hablar. Hice un hueco en la maceta. Un hueco pequeño y suficiente. Y luego vino la noche. Y por la noche entra la culpa.

Cuando cayó del nido, daba vueltas por el suelo. Aún no podía volar. Comía lo que traía su madre, que aterrizaba desde arriba a toda velocidad. Su padre esperaba posado en la antena. Noté que a veces me miraba enfadado, como diciendo: “échanos una mano, anda”. Pero el nido estaba a una altura imposible. Era un peligro. Uno más de los que imagino. 

Ahora miro la maceta a través de la ventana. A veces la visito y hago que rezo. No sé, le pido perdón. A él y a su familia, que por cierto, ha desaparecido. Abrí la puerta. Lo aplasté. Y contra este hecho no se puede hacer nada. 

El viento golpea la puerta de la entrada. Llegarán días soleados. En la casa de enfrente puedo oír los mismos cantos de vida que habitaban este patio. Otros nidos habrán surgido. Quizá vuelvan a caer más pájaros. 

El brazo sigue recogido en el cabestrillo. Una pieza de neopreno con el único objetivo de sujetar brazos y muñecas inútiles. El cuerpo es una construcción en cadena. Compensar una carencia a veces requiere del dolor en otra parte. Y el cuerpo siempre compensa. Algo se mantiene a costa de otra cosa. Y uno puede pasar así la vida.

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Querido 5043-DTW


Querido 5043-DTW. Esperaré a que ya no puedas más. Luego te enterraré. Buscaré la manera. Y te lloraré como se lloran a las personas. Y te podré flores cada semana. Esas que te gustan tanto. 

Todas las mañanas me llevas al trabajo. Cuando suponemos que el sol saldrá en ese instante en que ya el cielo no es negro. Cuando las cosas son más lentas. Y estás frío. Y te cuesta empezar. En eso somos muy parecidos. 

Haces sonar las voces de la radio, toses un poco, y abres esos ojos que te han puesto para iluminar la carretera, avanzar entre la niebla. 

Querido 5043- DTW. No te voy a dejar solo. Sabes que te queda poco. A lo mejor me queda menos a mí. Tengo miedo de pederte. No quiero que otro te conduzca. Verlo con las manos al volante. Que toquetee las marchas con otro ritmo, que cambie el asiento o cuelgue alguna estupidez en el espejo. 

Todos estos años has caminado como me has pedido, sin llegar a forzar, sin enfados, sin rugir. No dejaré que otra persona te ponga una mano encima. Más bien creo que tú no te dejarás. Confío en eso, querido 5043-DTW.

Se puede querer a las cosas. A cables, lápices, fotos, mantas, lámparas, bicicletas, coches, recuerdos. Me lo has enseñado. Se puede querer a las cosas. Están solo ahí. Son puro amor.  Descansa. Hoy hemos pasado juntos otro día más. 

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asunto zanjado


Una libreta roja

la misma para todos 

nos pasearon por las nuevas instalaciones 

nos dieron una habitación 

la cama enorme y blanda 

la lucha poderosa 

el olor de lo nuevo 

Antes de la cena escribí la crónica 

utilicé palabras como paraíso, renovación hotelera, 

los que nos visitan 

brindamos torpemente frente a la piscina con la boca todavía llena 

en una esquina saltaron los fuegos 

artificiales 

Se escuchaba esa música que mata lentamente a los músicos 

Alguien de la compañía pronunció unas palabras optimistas 

y después la Luna, las copas 

la vida 

el baile que lo ablanda todo

nunca más hablamos bajito

Dejé la libreta en la mesa de noche

y antes de apagar 

la luz 

escribí: 

asunto zanjado

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Estatua


Estamos fuera

el sol calienta nuestras caras y las piedras

ha crecido la hierba

céntrate en tus clases, dice mi padre

los dos nos tocamos la cabeza

los dos nos pasamos la mano por la cabeza

llegan a la huerta mirlos eléctricos

discuten entre ellos

el perro sigue con frío

las ratas han vuelto

céntrate en tu trabajo

y en

la música.

Estamos dentro

mi madre es una estatua enterrada en el sillón.

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Relato

Eso no pasó


Fui a buscar las gafas al monte. Fruncía el ceño para poder mirar a las cosas. Flaco, que no había ido esa noche, me preguntó. Y le contesté que las gafas estaban en mi casa, por decir algo, sin mucha lógica. Y yo me iba quedando más ciego cada día. Hasta que regresé allí con Bisonte. Quedaron entre dos piedras, intactas. Nos llevó alguien que lo sabía y dijo que no lo iba a contar. «Ustedes tranquilos». Paramos en la recta. Todavía quedaban cristales y hierros entre las retamas. Caminé unos metros. Desde allí había salido volando Rebeca. Lloró mucho esa noche, en la cama, con todos los dolores. Su madre la oyó y casi la mata. «¡Tú vas a acabar conmigo!». También fue la cabeza. A todos nos entraron piedritas en la cabeza, cuando dimos vueltas dentro del coche como el tambor de la lavadora. Entre el pelo y la piel, allí estaban esas piedritas. «Es arenilla», decía Bisonte sin darle importancia, como si fuera arenilla de la playa. 

Rubio conducía. Agarraba el volante con las manos temblorosas. Por primera vez, vi el miedo en su cara. Fue un minuto antes del estampido. Y Bisonte gritaba: «!Sácale partido, Rubio. Crema, crema!». En realidad, gritábamos todos eso: Bisonte, Rebeca, Irina y yo. Estábamos de vuelta. Atravesábamos el monte como una centella. En El Llano creíamos que los reflejos de las luces de los coches sobre los riscos era algo que venía del Espacio. En El Llano pusimos una manta y nos estiramos boca arriba. Una manta roja de cuadros, como las camisas remangadas que llevaba el padre de Flaco. Bisonte contó que hace años se reunió mucha gente aquí, a esperar a que llegaran los extraterrestres. Gente acampada desde el amanecer con sus neveras y sus sillas plegables, su comida y su baraja. Pero nadie vino. Ninguna nave apareció desde lo alto del volcán. Ninguna luz extraordinaria. Nada. 

Era la época de la tristeza. De la tristeza de The Man who sold the world. Sonaban en el coche las guitarras. Y tarareábamos esas guitarras. Y mirábamos hacia arriba, con los ojos cerrados. Rubio le había quitado el coche a su madre. Y los cigarros. Y la música. Solo me acuerdo de decir: «¿qué haces Rubio?». Y notar como la tierra entraba en el coche ya descontrolado. Yo me rodeé la cabeza con los brazos. Pensé que si me daba en la cabeza estaba todo perdido. Luego hubo silencio. Y el llanto de Bisonte como nunca lo había escuchado. Y la mirada perdida de Rubio, que vagaba en círculos cerca de la carretera, donde caímos, porque caímos cerquita de aquella carretera oscura. Al otro lado estaba el final. Y nadie encontraba a Rebeca. Que se sentó delante, donde quiso, o donde le correspondía, porque era la novia de Rubio. 

La noche estaba clara. Las caras sucias y los cuerpos alumbrados por la luz de las estrellas. Y no veíamos a Rebeca. Se la había llevado la noche. «Ni Dios lo quiera». Imaginé el entierro, su madre desfigurada, nosotros detrás del Mercedes azul marino lleno de coronas, arrastrando las piernas. Pero Irina la encontró. Rebeca cayó arriba de una mata que la salvó. «Ay Rebeca, menos mal. Rubio se pasó, vámonos pa bajo ya». Y se acercó un coche. Alguien lo paró. Nos metimos, tiritando, con la boca seca. Las palabras rápidas. Las necesarias. Rubio contó una cosa inocente. Y la pareja de desconocidos que habían cruzado el norte no preguntó más. Nos llevaron al pueblo. Nos dispersamos. Desaparecimos como si no quisiéramos volver a vernos. También era mejor pensar que eso no pasó. Que el tiempo lo borraría todo. Era mejor pensarlo. La muerte vino y no acertó. Hubiésemos estado todos enterrados, al lado de los abuelos. Hubiésemos salido en el periódico. Nuestras esquelas con la cruz, la fotito, la fecha y la hora de la misa.

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Libros

Cal


Hace días enterraron a mi tío. Mi padre vio su cara a través del cristal del ataúd. “Está bien”, dijo. Luego lo metieron junto a F y C, añadieron las coronas y taparon la lápida con cal, arena y agua. Después, el silencio. El enigma. Cuando se apaga la luz y queda la oscuridad. Solo la oscuridad.

Hoy he visitado a P. La imagino como un ángel blanco, silencioso, que sonríe y flota. Le he pedido ayuda, que las cosas vayan bien. Las flores, discretas, tapaban su bóveda, como las de abuela R, abuelo P, abuela M y abuelo M. “Qué triste está hoy el cementerio con tan poca gente”, dijo una señora. Cargaba una escalera pesada. El calor ha secado a las plantas de los muertos antes que el aire. 

En Elogio de la fragilidad, Gustavo Martín Garzo escribe: “nos gustan las historias tristes, porque nos permiten conjurar nuestros propios temores y realizar a través de ellas lo que en nuestra propia vida no nos atrevimos a hacer, pero algo muy distinto es querer que nos pasen a nosotros”. 

El perro que A encontró tiene un gesto miedoso. Y no se le quita. Se llama como F. “No se sabe de qué mundo vino”, comenta mi padre. Ni a qué mundo va. Nadie sabe a qué mundo va. 

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Viento


En la casa entra el viento. Entra conmigo cuando J abre la puerta. Y se queda un rato. En realidad ya lo llevamos dentro. El viento lleva días tocando a la puerta. Arrastra la arena. El viento a uno le afecta «según esté por dentro», dice J, que me ha tirado la llave para que abra. Se va en unas horas. Una maleta llena de cosas, porque él siempre quiere llevar cosas, aunque no las necesite: papeles, ropa, más libros. 

En la planta baja está la biblioteca y la mesa donde escribe. Una mesa grande de madera y un ordenador portátil. Allí no llega el viento, que hoy está agitado dentro de J y se irá con él por el aeropuerto del Sur. Lo que está escribiendo tiene música. Sin música no hay literatura. Sin ritmo no hay nada. En Viajes con Henry James anotó el comienzo del nuevo libro. Palabras sueltas, las frases para que algo empezara a andar. Leer es también escribir. La biblioteca es también un garaje. Los coches miran a los libros, que te hablan muy bajito. «A veces los libros te encuentran a ti» dice.

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Todo es la luz


Llegábamos a la gaveta de la cocina con la visión que te da la oscuridad. Allí estaban las velas, los fósforos y la lámpara de gas que se iluminaba como un globo aerostático. Estar sin luz era casi un juego para dar sentido al escondite, contar cosas que no se cuentan en la claridad del día, quemarnos las manos con la cera blanca de las velas como en la procesión del silencio. La casa se apagaba cuando llegaban los truenos. A veces, solo al caer dos gotas. Y estábamos preparados para comprender eso. Ahora no lo estamos. El apagón en esta isla es una broma pesada del progreso. Nos devuelve a la difícil tarea de esperar y nos expulsa al mar, al sol, a la calle y a la incertidumbre, otra más. «Aquí nos vamos a quedar, mojándonos hasta que venga la luz. ¡Qué extraña es la vida!», decía una señora flotando en la bahía de El Médano. La vida de todo es la luz. 

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Combate


Hay algo que te hace apretar los dientes, como si agarrases la cuerda invisible de la que pende la vida. Como un perro que se niega a soltar su juguete. El combate llega de noche, con la aparente tregua de los sueños. Y la mandíbula amanece golpeada. Te quitas el bucal, lo lavas, y lo vuelves a guardar otra vez en el forro verde que te dio el experto pulidor de dentaduras. El hombre que acaricia millones de premolares e incisivos, metió un papelito en la boca y dijo: «ahora muerde otra vez». 

Sí, hay algo que no deja reposar tus cachetes en la almohada. Es más duro que el hueso pero más blando que el acero. Todavía no has conseguido molerlo lo suficiente, tragarlo, expulsarlo por donde sea para que no vuelva nunca más.

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Relato

Refugio


Retrocedo. Me refugio en el dormitorio. Tengo miedo de que una sola ola poderosa llegue hasta aquí. Cierro todas las ventanas pero queda la amenaza: el dulce murmullo marino. Pero si lo pienso, el mar está relativamente tranquilo. Solo suenan los callaos en la orilla como si fueran chácaras y algunas voces jóvenes en la farola de abajo, donde se va a fumar. M cuenta que de pequeña también se agobiaba cuando hacían acampadas justo en la orilla. El hecho improbable de quedar sepultados y arrastrados hacia no se sabe dónde. Y también cuenta que tiene la misma cosa en el pecho al hacer ejercicio. Yo solo acampaba en la huerta de casa de mis padres, para tenerlos cerca. Era así de rudículo, ahora que lo pienso, pero antes no lo pensaba. Me daba miedo alejarme. Sufría cuando mi madre no llegaba de hacer la compra y andaba preguntando: «¿has visto a mi madre, has visto a mi madre?». La semana pasada, en una misa para un muerto en un pueblo donde también late el mar, volví a retroceder. La plaza era enorme, casi más grande que el pueblo. Mis primos insistían en que solo nos vemos en los duelos y que deberíamos fijar «ya, el día y la hora» para comer y beber en familia, a la orilla del mar. Ese día me refugié en el coche.

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