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Viento


En la casa entra el viento. Entra conmigo cuando J abre la puerta. Y se queda un rato. En realidad ya lo llevamos dentro. El viento lleva días tocando a la puerta. Arrastra la arena. El viento a uno le afecta «según esté por dentro», dice J, que me ha tirado la llave para que abra. Se va en unas horas. Una maleta llena de cosas, porque él siempre quiere llevar cosas, aunque no las necesite: papeles, ropa, más libros. 

En la planta baja está la biblioteca y la mesa donde escribe. Una mesa grande de madera y un ordenador portátil. Allí no llega el viento, que hoy está agitado dentro de J y se irá con él por el aeropuerto del Sur. Lo que está escribiendo tiene música. Sin música no hay literatura. Sin ritmo no hay nada. En Viajes con Henry James anotó el comienzo del nuevo libro. Palabras sueltas, las frases para que algo empezara a andar. Leer es también escribir. La biblioteca es también un garaje. Los coches miran a los libros, que te hablan muy bajito. «A veces los libros te encuentran a ti» dice.

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Todo es la luz


Llegábamos a la gaveta de la cocina con la visión que te da la oscuridad. Allí estaban las velas, los fósforos y la lámpara de gas que se iluminaba como un globo aerostático. Estar sin luz era casi un juego para dar sentido al escondite, contar cosas que no se cuentan en la claridad del día, quemarnos las manos con la cera blanca de las velas como en la procesión del silencio. La casa se apagaba cuando llegaban los truenos. A veces, solo al caer dos gotas. Y estábamos preparados para comprender eso. Ahora no lo estamos. El apagón en esta isla es una broma pesada del progreso. Nos devuelve a la difícil tarea de esperar y nos expulsa al mar, al sol, a la calle y a la incertidumbre, otra más. «Aquí nos vamos a quedar, mojándonos hasta que venga la luz. ¡Qué extraña es la vida!», decía una señora flotando en la bahía de El Médano. La vida de todo es la luz. 

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Combate


Hay algo que te hace apretar los dientes, como si agarrases la cuerda invisible de la que pende la vida. Como un perro que se niega a soltar su juguete. El combate llega de noche, con la aparente tregua de los sueños. Y la mandíbula amanece golpeada. Te quitas el bucal, lo lavas, y lo vuelves a guardar otra vez en el forro verde que te dio el experto pulidor de dentaduras. El hombre que acaricia millones de premolares e incisivos, metió un papelito en la boca y dijo: «ahora muerde otra vez». 

Sí, hay algo que no deja reposar tus cachetes en la almohada. Es más duro que el hueso pero más blando que el acero. Todavía no has conseguido molerlo lo suficiente, tragarlo, expulsarlo por donde sea para que no vuelva nunca más.

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Refugio


Retrocedo. Me refugio en el dormitorio. Tengo miedo de que una sola ola poderosa llegue hasta aquí. Cierro todas las ventanas pero queda la amenaza: el dulce murmullo marino. Pero si lo pienso, el mar está relativamente tranquilo. Solo suenan los callaos en la orilla como si fueran chácaras y algunas voces jóvenes en la farola de abajo, donde se va a fumar. M cuenta que de pequeña también se agobiaba cuando hacían acampadas justo en la orilla. El hecho improbable de quedar sepultados y arrastrados hacia no se sabe dónde. Y también cuenta que tiene la misma cosa en el pecho al hacer ejercicio. Yo solo acampaba en la huerta de casa de mis padres, para tenerlos cerca. Era así de rudículo, ahora que lo pienso, pero antes no lo pensaba. Me daba miedo alejarme. Sufría cuando mi madre no llegaba de hacer la compra y andaba preguntando: «¿has visto a mi madre, has visto a mi madre?». La semana pasada, en una misa para un muerto en un pueblo donde también late el mar, volví a retroceder. La plaza era enorme, casi más grande que el pueblo. Mis primos insistían en que solo nos vemos en los duelos y que deberíamos fijar «ya, el día y la hora» para comer y beber en familia, a la orilla del mar. Ese día me refugié en el coche.

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La Playa


Con el agua por encima de las rodillas, un bache inesperado, incluso profundo, te hunde para invitarte a flotar. A que nades y  persigas sumergido esos peces atrevidos de plata. Siempre hay un murmullo marino, una corriente caprichosa, circular, una pequeña batalla con las formas de la roca, hasta en los días de quietud. Nunca hay calma total. La entrada de La Cueva de la vaca plantea  el misterio de enormes mantas raya, de pasadizos secretos que quizá comuniquen con el Charco del diablo, cristalino, enigmático, al que se llega caminando. La Crucita es la referencia, la roca lisa del volcán, el punto de encuentro para arreglar cosas mientras ves más cerca el Sol perderse a un lado de La Gomera; la altura perfecta para lanzarte de cabeza; las escaleras las hizo el mar. Las enseña o las esconde cuando le place. La Crucita es el asiento del pescador que siempre espera un milagro.

Ayer he vuelto a pisar «La Playa con mayúsculas», escribía en un mensaje pretencioso. Inamovible, universal, la que contiene todo lo verdadero del resto de las playas. La Playa platónica. El tiempo parece un invento que ocurre fuera. ¡Eso es imposible!, porque la noche, el día, la tarde, los meses o la historia, también suceden aquí, aunque de otra manera. Escribe Joseph Roth en la marcha Radetzky, :«Pasaron los años, unos tras otros, como simétricas ruedas de paz».

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Disparos


Todas la mañanas comienza la sinfonía de ruido. Es el nuevo edificio. Suena el hierro y la piedra cortada. Machacan algo demasiado sólido entre breves intervalos de silencio. Mientras, la calle, ventosa y tranquila, esconde una tensión interna de apartamento. «Eres una desconsiderada vecina, y mala, otra vez con tu perrito, pero no te preocupes que yo sé como solucionarlo», grita un hombre que a veces asoma el cráneo. Hoy el aplauso empieza a ser un recuerdo. Bocinegro es como un faro, un punto de referencia. La montaña chica con la ilusión de islas al frente, donde llegamos demasiados, ajenos, distantes, libres, con el viento en la cara. Al regresar, encuentro los jardines con en olor  refrescante de la poda. ¿Quién tuvo la idea colocar césped? Esta hierba inagotable sigue escondida en las entrañas de la casa de mis padres pese al empeño reiterado de exterminarla. El césped fue una moda de clase media, un simulacro de bienestar que ahora decora las zonas comunes.

Todo es distracción. Merodeo, me encierro dentro del encierro, pero cuesta profundizar. Son las seis de la tarde y suenan disparos secos. Una niña explota los globos que cuelgan en la ventana el día de su cumpleaños. Alguien le dice que vaya a comer la tarta. Ella me mira y sonríe. Le quedan dos globos, el naranja y el amarillo. Sus dedos sostienen una aguja invisible que es como un revolver todavía cargado.

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Intemperie


La corriente cierra la puerta y tira la llave. No, no ha entrado ningún pájaro en la habitación. “Eso es lo que tú te crees, que no avanzas. No ha pasado un minuto de tu vida en que no avances”, dice M. Conozco más cosas de los vecinos, nada importante, pero cosas. Antes, cuando los balcones no existían, solo eran sombras lejanas. Los niños han salido a la calle con sus juguetes. El dueño del restaurante, el sonriente siciliano, me reconoce detrás de la mascarilla, saluda y dice algo que no entiendo. Con la cara enrojecida, pasa la pelota a sus sobrinos, que inventan la vida en la plaza.Quiero ser ellos.En su ensayo La melancolía, Joke J. Hermsen escribe: «los niños se sirven de la imaginación para tender puentes del mundo que los rodea, del que de repente han quedado aislados». Cuando toman conciencia del yo, cuando empiezan a hablar, están a la intemperie, un vacío que les separa del mundo anterior que tenían con sus padres, en una unión directa con las cosas que les rodeaban. Es un vacío, melancólico, que lo llenan con la fantasía. Así, «nuestra primera experiencia consciente es curiosamente una pérdida», explica Lou Salomé en Mirada retrospectiva.Una pérdida del yo interior prelingüístico que ha quedado en el subconsciente. Los juegos y la imaginación ayudan al niño al «sentirse de nuevo en casa», a no estar perdido. En el caso de los adultos, sabedores de nuestra irremediable finitud, el amor y el arte, compensan, al menos ayudan, a esa conexión con nuestro yo interior y con el mundo. Es el «olvido de uno mismo» de que habla Salomé. De niño, jugaba  a menudo entre los charcos del verano y construía campamentos de indios antiguos todo el año. Y no quería que eso acabara porque no tenía claro que fuera a estar del todo cómodo en ese otro mundo que ya empezaba a descubrir, donde animales, cosas y personas, tarde o temprano, dejarían de existir.

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Alarma cuatro


Cuando aplaudes, vuelves a pensar en que todo esto es real y que el tiempo se va escribiendo desde el presente más absoluto, con una inseguridad inédita sobre mañana. Eso es lo que más miedo genera. También uno aplaude y se vuelve a meter en casa, como huyendo de los sonidos excesivos de los altavoces que se alzan desde algunas ventanas. Cada tarde, los de enfrente eligen peores canciones, no sé, desproporcionadas. Siri Hustvedt se preguntaba hoy en El País cómo será el mundo luego, si «una restauración de lo que hubo» o «una realidad completamente distinta». Nadie lo sabe, como nadie sabe cuándo será luego, o cómo la vida volverá a manifestarse, organizarse. Habla la escritora de cómo el mundo ha podido llegar a esta «hipnosis masiva», de aceptar (y elegir) a políticos que hacen reiteradas bufonadas, como la inmunidad atlética de Bolsonaro, que ha llamado al virus “gripiña”, las mentiras narcisistas de Trump o las recomendaciones iniciales de Boris Johnson, cuando hablaba de la “inmunidad colectiva”. Estos gobiernan una parte importante del mundo e influyen más de la cuenta en el resto del planeta. Son elegidos por millones de personas y probablemente los volverán a elegir, a justificar, aplaudir, aunque nadie, como al COVID, lo hubiera esperado. Lo inesperado ya no pertenece al azar, sino a lo posible.

He pensado que a lo mejor hay más peces y más pájaros. La naturaleza respira. La ausencia de ruido humano es un alivio para el mar, el cielo y los árboles. Esta tarde la marea ha dejado ver la alfombra de roca y de musgo que dibuja la bahía circular. Quizás llegue un día en que el camino hacia Montaña Roja desaparezca con el viento. Desde aquí todavía se ve claro y marcado. Nuestras huellas no se irán así como así.

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Tres


En la maceta del balcón hay una planta y un molinillo. Sus aspas de papel giran todo el tiempo, incluso con la brisa más débil. Por la noche se escucha nervioso, como si se fuera a romper. Y por la mañana sigue ahí, junto a la planta. Y yo no sé cuanta cantidad de agua lleva la planta. A veces pienso que me paso. La ahogo en su propia vida. Entonces la dejo días al sol hasta que vuelvo a inundar la maceta. Abajo hay dos perros grandes que olfatean el césped del jardín. También hay dos dueños: «El virus es producto del capitalismo», sentencia un joven, y la chica, de espaldas, asiente y se recoge el pelo. “Cuando esto acabe, las peluquerías no van a poder con tanta gente”. En el relato La Calma, R. Carver escribe: «Hoy he estado pensando en la calma que siento cuando cerré los ojos y dejé que los dedos del barbero se deslizaran por mi pelo, en la dulzura de aquellos dedos en mi pelo que empezaba ya a crecer de nuevo”. Un hombre que sale de las sombras de su cama, desde la ventana de enfrente, comienza a aplaudir.

 

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Dos


Tengo cosas que hacer para no salir un año, me da igual el confinamiento”, escribe un amigo. Otro, a la pregunta de qué hacer: “Leer y escribir”. “Trabajaremos el mes de julio”, asegura la tercera. En una esquina del balcón he puesto una silla de plástico con una toalla doblada que ablanda la espalda. A mi lado, la ropa está tendida, la planta está seca y suena el piano del vecino aporreando la misma canción, como una obsesión.  La silla es de las que dan la impresión de que se pueden romper en cualquier momento. Anoche se escuchaba el mar otra vez, casi lejano. El viento lo ha permitido. Y hoy ha amanecido azul. La nieve cubre todavía algunas montañas. Y la brisa viene fresca, como si el hielo quisiera llegar a todas partes. He cogido De qué hablamos cuando hablamos de amor. En el relato Belvedere, Carver escribe: «teníamos esa extraña sensación de que, ahora que nos dábamos cuenta de que ya había sucedido todo, podía suceder cualquier cosa».

 

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